Cuando se está enamorado, uno ve flores hasta en el más árido desierto, el limón tiende a saber a miel y hasta la luna parece un producto lácteo. Les adjunto un relato que escribí una noche de insomnio por un amor platónico. Basado en hechos reales.
Había un alboroto en el closet, evento nada habitual. Las chamarras, gorditas y de poca plática, escuchaban atentas al pantalón hablar:
—¿Cómo es que tú, bata amarillenta, te has ganado un lugar aquí, siendo que el dueño nunca te lava y, a pesar de ello, viene todas las mañanas a verte?
—Aparte eres nueva, no tienes ni 3 semanas aquí—Añadió una playera.
La bata, llena de orgullo, relató su historia.
Mi primer dueño, un niño despreocupado de unos 12 años, a quien le había pertenecido por casi dos meses, me dejó abandonada en las gradas de la escuela, explicó, soltando una lágrima, la bata.
Empezó a llover, y un niño, un poco mayor, vino y —mirando a los extremos por si el dueño aparecía— me llevó consigo. Pasé unas horas a su lado, pues era un día de laboratorio. Creí que aquel niño sería mi nuevo dueño, pero luego en la tarde, me dejó sola en una banquita, ni siquiera me guardó en su mochila.
Entonces apareció el muchacho de lentes. Estaba muy apurado, pasó frente a mí, mirándome de reojo y pensando entre dientes. Discutía consigo mismo si era correcto llevarme, a expensas de que yo tuviera un dueño. Se fue, pero unos minutos más tarde, regresó y fue preguntando, persona a persona, si alguien conocía a un tal Lerma (creo que así se apellidaba mi segundo dueño).
Finalmente mi dueño llegó. El muchacho de lentes, sosteniéndome entre sus manos, le preguntó que si podía —por aquél día— prestarme. Mi dueño accedió, dejando muy en claro que yo no era de su pertenencia, y que lo mejor era que el muchacho me dejase —justo después de usarme— en el departamento de objetos perdidos, en coordinación.
El timbre sonó, y el muchacho, que se llamaba Ernesto, corrió a toda prisa a su salón, ya que tenía laboratorio a primera hora. En el salón, su maestro indicó lo que se debía hacer y bajamos al laboratorio, donde estuve por un par de horas.
Terminada mi labor, Ernesto me dobló como pudo y me colocó en una bolsa de su mochila. Permanecí al lado de unos cuadernos un tiempo, hasta que —para mi sorpresa— Ernesto abrió la mochila y me llevó consigo. Parecía inmensamente feliz mientras caminaba, pero yo no tenía ni la menor idea del por qué.
—Sí, aquí tienes.
—Muchas gracias.Tres dueños en un solo día y ahora iba a tener una nueva dueña. Al menos esta dueña era bastante guapa, era menor de edad y de estatura que Ernesto, tenía la sonrisa más bonita que jamás haya visto antes y hablaba con una voz melodiosa. Una muchacha, de gran simpatía, me reveló el nombre de la que sería mi nueva dueña.
—Ves Karla, te dije que Ernesto te iba a prestar la bata.
Karla me envolvió en su mochila, para salir a dar un paseo, y no supe más de ella hasta que el timbre hizo su trabajo, y ella debió entrar al salón.
—Cómo odio tener clase de Química.
—Ya sé.Estaba contento con mi nueva dueña, era divertida la conversación que versaba entre ella y su amiga, la que llamaba Maricela. Sin embargo, entre sus líneas, me di cuenta de que regresaría con mi tercer dueño, Ernesto.
—Y quedé de entregarle su bata a la salida.
—Cuidado porque Enrnesto te puede morder.La clase se dio por terminada, mi dueña salió apenas había hecho su mochila, y miró por todos lados buscando a Ernesto. Unos pasos adelante, por las escaleras de un pasillo, estaba mi tercer dueño, mirando embobado.
—Ten, gracias—Exclamó Karla haciendo una sonrisa de coquetería, al tiempo que me entregaba a Ernesto. Éste me sostuvo, silencioso, y finalmente añadió:
—¿No quieres un dulce?— Luego de decirlo, sacó tres golosinas de su mochila, y Karla eligió una de tamarindo. Agradeció con una sonrisa más bella que la anterior y se fue. Ernesto me levantó momentáneamente y susurró.
—Estaba mañana no eras mía, y estoy seguro de que no te entregaré a tu dueño original. También estoy seguro de que nunca te volveré a lavar.
Sépase que se ha jugado con los nombres, por motivo de protección de testigos. Nada más.



